martes, 21 de febrero de 2012

Sé lo que estás pensando

Era, a decir de todos, un tipo insignificante, un treintañero anodino casi invisible para sus vecinos, y al parecer inaudible, porque ninguno de ellos recordaba nada concreto que hubiera hablado. Tal vez saludaba con la cabeza, quizá decía hola, tal vez musitaba una palabra o dos. Era difícil decirlo.
De entrada, todos expresaron su consternación, incluso una temporal incredulidad, cuando se desveló su devoción obsesiva por matar hombres con bigote, de mediana edad, así como su perturbadora forma de deshacerse de los cadáveres: los cortaba en trozos manejables, los envolvía en paquetes de colores y los enviaba por correo a los agentes de Policía locales como regalos de Navidad.

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